Al principio parecía un movimiento más del marketing por reconvertir los fashioshows, que en palabras de muchos expertos estaban ya agotados como modelo de presentación comercial de la moda. Pero hoy por hoy las pasarelas internacionales de firmas de renombre lanzan al ruedo sus colecciones masculinas y femeninas al unísono, un mismo día, a una misma hora, en un mismo lugar. . . en un mismo fashionshow.

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Es que la voz femenina por romper los moldes ha superado el ámbito social y penetra cada rincón del planeta con ánimo de repensar estructuras. Emulando las mismísimas calles de las ciudades, las pasarelas de cada semana de la moda muestran un sinfin de colores, texturas, tipologías y propuestas vanguardistas para hombres y mujeres al unísono, sin un orden previsible, sin una normatización más que la meramente creativa.

Y esto posee una doble lectura. Por un lado, las nuevas tendencias y comportamientos de consumo indican que el hombre ya no relega su espacio al momento de consumir moda: antes el eje de decisión caía sobre la mujer -madre, hermana, esposa, amante, amiga- que llevaba el mando en el proceso de decisión de compra. El usuario final -el hombre- poco tenía que ver, interesándose por otros aspectos de la vida y restando importancia al acto vestimentario por completo. Con el correr de los años, década tras década, el género masculino asume y procesa la importancia que sus prendas ocupan en su vida, internalizando el poder que esconde el dress-code dentro de su vida tanto personal como profesional. Así, no solo se potencian las colecciones masculinas, sino que nacen productos nuevos que complementan el ejercicio vestimentario: cremas, maquillajes, accesorios. Todo en pos de exaltar una nueva masculinidad al mando de su imagen. El marketing hace lo suyo corriendo el foco: ya no se orienta a una mujer decisora, sino que busca conquistar la atención del mismo destinatario de cada producto.

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Por otro lado, la mujer ha reclamado su lugar en la sociedad durante décadas, su espacio político, cultural, laboral, su rol -muchas veces- al mando de una familia, responsable por su propio camino y también por el de quienes la rodean. En este proceso, ya no quiere diferencias de género. Alzar la voz, ser protagonista, actuar como modificador social, influyente, benefactor, no depende del sexo que se tenga, sino de la actitud y las destrezas personales desarrolladas. Este complejo proceso, también se refleja en las pasarelas donde cada individuo -hombre o mujer- se destaca por su singularidad y cualidades propias.

Hace tan solo una semana, la Semana de la Moda Masculina de París daba cuenta de este proceso al presentar numerosas colecciones femeninas y masculinas al mismo tiempo, con exquisita mezcla de hombres y mujeres brillando por todo lo alto con prendas de encantadora vanguardia. Ya no hay separación. Una celebración que excedió por completo el mero disfrute vestimentario. Una transformación reveladora. Un cambio social único. Una vez más la moda ha demostrado empoderarse y asumir un rol social. El género ya poco tiene de relevante. De eso, las pasarelas ya se enteraron.